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La Coctelera

yo habia llevado ejemplar mi libro sin ningun

“Yo le había llevado un ejemplar de mi libro. Sin ningún preámbulo, lo saqué de mi portafolio y se lo di.
—Es un libro sobre usted, don Juan —dije. Él lo tomó y lo hojeó rápidamente como si fuera un mazo de cartas. Le gustaron el color verde del forro y el tamaño del libro. Sintió la cubierta con la palma de las manos, le dio vuelta un par de veces y luego me lo devolvió. Sentí una oleada de orgullo.
—Quiero que usted lo guarde —dije.
Don Juan meneó la cabeza con una risa silenciosa.
—Mejor no —dijo, y luego añadió con una ancha sonrisa—: Ya sabes lo que hacemos con el papel en México.
Reí. Su toque de ironía me pareció hermoso.(...)”
“(...) me agradaban los modos de don Juan. Me simpatizaba como persona. Había cierta solidez en su comportamiento; su forma de conducirse no dejaba duda alguna acerca de su dominio, y sin embargo, jamás había ejercido su ventaja para exigirme nada. Su interés en cambiar mi forma de vivir era, sentía yo, semejante a una sugerencia impersonal, o quizás a un comentario autoritario sobre mis fracasos. Me había hecho cobrar aguda conciencia de mis fallas, pero yo no veía en qué forma su línea de conducta podría remediar nada en mí. Creía sinceramente que, a la luz de lo que yo deseaba hacer en la vida, sus modos sólo me habrían producido sufrimiento y penalidades, de aquí el callejón sin salida. Sin embargo, había aprendido a respetar su dominio, que siempre se expresaba en términos de belleza y precisión.”

Don Juan Matus dijo...

“Si resulta difícil creer en la existencia de un ser tan peculiar como don Juan, todavía es más difícil no creerlo después de estar unas horas con Castaneda. Sin embargo, de eso se le acusó precisamente: de haber inventado a don Juan, excesivamente intelectual y poético para ser indio. Pero, al principio no hubo escepticismo sino entusiasmo.
— ¿Por qué las alabanzas a tus primeros libros se tornaron en críticas destructivas y hasta en claro rechazo?
—Al principio —cuenta con gesto serio— los que analizaban mis libros creían que estaba hablando de ellos —y continúa explicando su vía crucis— Yo hablé en librerías y universidades, pero decía cosas que provocaban hostilidad; hablaba de erradicar el ego, de superar la egomanía.
Así pues, cuando comenzó a identificarse íntima y públicamente con otra forma de vivir y de pensar, dejó de ser el cómplice infiltrado que reforzaba con sus aportaciones la sociedad a la que pertenecía ‘el sistema de creencias que yo quería estudiar me ha devorado’, (confesaría años después en la introducción a El don del Águila). Y concluye su explicación refiriéndose a sí mismo en tercera persona: —Castaneda era peligroso porque hablaba de destruir una estructura de comportamiento.
No podían retirarle el doctorado pero sí la credibilidad.
Hoy no parece importarle. Ha mantenido el gesto adusto exactamente el tiempo que ha durado su análisis. Vuelve a sonreír, y se despoja del recuerdo como una mariposa de un capullo inservible.”